Hay situaciones que vistas desde afuera pueden parecer “no tan graves”, pero que por dentro dejan una marca profunda. Una palabra, una pérdida, una traición, un abandono, una humillación o una experiencia de miedo pueden quedar registradas en el cuerpo y en la emoción como algo que todavía no terminó.
El trauma no siempre grita
Muchas veces no aparece como una gran escena dramática. Puede manifestarse de formas más silenciosas:
dificultad para confiar, miedo a avanzar, necesidad de controlar todo, reacciones desmedidas, bloqueo ante ciertas decisiones o una sensación interna de estar atrapado en algo que racionalmente ya entendiste.
Y ahí suele aparecer una confusión muy común: creer que si ya lo entendiste, ya debería estar resuelto.
Pero no siempre funciona así.
La mente puede comprender una situación mientras el cuerpo y la emoción siguen reaccionando como si el peligro todavía estuviera presente.
Escuchar lo que todavía duele
Sanar no es solamente “darse cuenta”. También es aprender a registrar qué pasa internamente cuando una experiencia vieja se activa en el presente.
El cuerpo habla.
La emoción habla.
Tus reacciones también hablan.
Cuando empezamos a escucharlas, dejamos de pelearnos con lo que nos pasa y comenzamos a comprenderlo.
Una situación bloqueada no define quién sos, pero sí puede estar condicionando tus decisiones, tus vínculos y tu manera de vivir.
Mirarla con honestidad no te debilita. Al contrario: puede ser el primer paso para recuperar la dirección.
No se trata de volver al pasado para quedarse ahí. Se trata de reconocer qué quedó abierto, qué necesita ser ordenado y qué parte de vos todavía espera una respuesta más amorosa, más consciente y más adulta. Se trata de cerrar lo que quedó abierto y desordenado de lo vivido.
A veces, el cambio empieza cuando dejamos de exigirnos funcionar y empezamos a escucharnos de verdad.
Ordenar lo que te pasa en tu interior es el puntapié inicial.
Oscar Gananopulo.
Consultor Psicológico.

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