Hubo una época en la que yo confundía ser bueno con estar siempre disponible.
Creía que si entendía todo, si acompañaba todo, si no molestaba, si no pedía demasiado, entonces iba a ser más fácil quererme.
No lo pensaba con esas palabras, claro. Lo puedo ver de esta manera recién ahora, una vez que aprendí a decir NO.
Uno no se dice: “me voy a abandonar para que me amen”.
Simplemente lo hace.
Dice que sí.
Espera.
Comprende.
Aguanta.
Se adapta.
Se convence de que no pasa nada.
Hasta que un día empieza a pasar.
Pasa en el cuerpo con síntomas.
Pasa en el cansancio.
Pasa en el enojo acumulado.
Pasa en esa sensación de estar viviendo relaciones donde uno está, pero no está entero.
Pasa en una vida que va pasando sin tener mucho sentido.
Y ahí empieza una pregunta difícil:
¿Cuántas veces llamé amor a una vieja costumbre de sobrevivir emocionalmente?
Porque muchas veces no nos abandonamos porque sí.
Nos abandonamos porque alguna vez aprendimos que eso nos daba lugar, de que eso nos había resultado para recibir cariño, atención, amor.
En la familia.
En la infancia.
En vínculos donde pedir era demasiado.
En historias donde ser amado implicaba adaptarse.
Pero crecer también es revisar esas formas.
No para culpar a nadie.
No para vivir mirando atrás.
Sino para entender de dónde viene esa parte nuestra que todavía cree que amar significa desaparecer un poco.
Hoy lo pienso así:
Cada vez que me escucho, vuelvo.
Cada vez que digo una verdad, vuelvo.
Cada vez que dejo de traicionarme para sostener una imagen, vuelvo.
Cada vez que me pregunto que quiero, y me atrevo a hacerlo, no solo estoy volviendo a mí... me estoy validando, respetando, queriendo, atendiendo, cuidándome. Y todo eso que creí que solo tenía si desaparecía, hoy me doy cuenta que me lo puedo dar. Y eso es maravilloso !!
Y quizás sanar sea eso.
Dejar de postergarme para merecer amor, sabiendo que es mi deber cuidarme estando solo donde deseo estar.
Oscar Gananopulo.
Consultor Psicológico.






