domingo, 23 de agosto de 2026

La culpa de elegirme



Hubo una época en la que me costaba mucho elegirme sin sentir culpa.

No era una culpa escandalosa.

Era más silenciosa.

Aparecía cuando decía que no.
Cuando no respondía enseguida.
Cuando no estaba disponible.
Cuando elegía algo que otro no esperaba de mí.

Cuando al menos un poquito, era Yo mismo.

Y durante mucho tiempo pensé que esa culpa era una prueba de que yo estaba haciendo algo mal.

Hoy la escucho distinto.

A veces la culpa no viene a mostrarte que estás fallando.

A veces viene a mostrarte que estás saliendo de un lugar aprendido, acostumbrado, un lugar viejo que ya no te es tuyo.

Un lugar donde para ser querido había que adaptarse.
Ser bueno.
No molestar.
No pedir demasiado.
No incomodar.
No decepcionar.

Uno aprende esas cosas sin darse cuenta.

En la familia.
En la infancia.
En vínculos donde el amor parecía depender de cumplir cierto papel.

Y después, de adulto, cada vez que intenta salirse de ese papel, aparece la culpa. Y eso frena, y vuelvo a morderme a mi mismo en un círculo sin fin.

Como una alarma.

Como si elegirnos fuera peligroso.

Pero quizás no es peligro.

Yo creo que es novedad. Y lo nuevo, asusta, crea ansiedad.

Quizás esa culpa es la señal de que una parte de uno mismo todavía cree que para pertenecer tiene que abandonarse.

Hoy no quiero pelearme con esa culpa.

Quiero escucharla.

Pregúntale de dónde viene.
Qué miedo trae.
Qué lealtad está cuidando.
Qué historia está repitiendo.

Porque elegirme no significa dejar de amar.

Significa dejar de desaparecer para merecer amor.


Oscar Gananopulo.
Consultor Psicológico.

lunes, 17 de agosto de 2026

La costumbre de dejarme para después

 


Hubo una época en la que yo confundía ser bueno con estar siempre disponible.

Creía que si entendía todo, si acompañaba todo, si no molestaba, si no pedía demasiado, entonces iba a ser más fácil quererme.

No lo pensaba con esas palabras, claro. Lo puedo ver de esta manera recién ahora, una vez que aprendí a decir NO.

Uno no se dice: “me voy a abandonar para que me amen”.

Simplemente lo hace.

Dice que sí.
Espera.
Comprende.
Aguanta.
Se adapta.
Se convence de que no pasa nada.

Hasta que un día empieza a pasar.

Pasa en el cuerpo con síntomas.
Pasa en el cansancio.
Pasa en el enojo acumulado.
Pasa en esa sensación de estar viviendo relaciones donde uno está, pero no está entero.

Pasa en una vida que va pasando sin tener mucho sentido.

Y ahí empieza una pregunta difícil:

¿Cuántas veces llamé amor a una vieja costumbre de sobrevivir emocionalmente?

Porque muchas veces no nos abandonamos porque sí.
Nos abandonamos porque alguna vez aprendimos que eso nos daba lugar, de que eso nos había resultado para recibir cariño, atención, amor.

En la familia.
En la infancia.
En vínculos donde pedir era demasiado.
En historias donde ser amado implicaba adaptarse.

Pero crecer también es revisar esas formas.

No para culpar a nadie.
No para vivir mirando atrás.
Sino para entender de dónde viene esa parte nuestra que todavía cree que amar significa desaparecer un poco.

Hoy lo pienso así:

Cada vez que me escucho, vuelvo.
Cada vez que digo una verdad, vuelvo.
Cada vez que dejo de traicionarme para sostener una imagen, vuelvo.

Cada vez que me pregunto que quiero, y me atrevo a hacerlo, no solo estoy volviendo a mí... me estoy validando, respetando, queriendo, atendiendo, cuidándome. Y todo eso que creí que solo tenía si desaparecía, hoy me doy cuenta que me lo puedo dar. Y eso es maravilloso !!

Y quizás sanar sea eso.

Dejar de postergarme para merecer amor, sabiendo que es mi deber cuidarme estando solo donde deseo estar.


Oscar Gananopulo.
Consultor Psicológico.



jueves, 6 de agosto de 2026

Tu valor no depende de cuánto te elijan


En los vínculos afectivos es frecuente que una persona comience a medir su valor personal a partir de la respuesta del otro. 

Un mensaje, un silencio, una duda o una ausencia pueden activar una pregunta dolorosa: “¿no soy suficiente?”.

Sin embargo, que alguien no pueda elegirnos no significa que no valgamos. Puede hablar de su disponibilidad, de su momento personal, de su historia, de sus miedos o simplemente de la falta de encuentro. Pero cuando hay una herida de valor personal en mí, la conducta del otro se transforma en una sentencia sobre mí mismo.

Ahí aparece una forma de dependencia emocional: si el otro responde, respiro; Si no responde, me caigo. La autoestima queda puesta afuera. El vínculo deja ser un encuentro y se convierte en una prueba permanente de valor.

El origen de esta conducta es aprendida totalmente en temprana edad, por eso es conveniente no vernos a nosotros mismos descalificadamente.  Pequeños traumas nos van armando en la vida, sobre todo los traumas de apego. Esta conducta tan dependiente es, entre otras causas, derivada de apegos no resueltos satisfactoriamente cuando comenzamos a ser mas autónomos. Y así como la aprendimos, así también hoy disponemos de diferentes recursos para comenzar a disolver esta postura ante las relaciones

El trabajo interno consiste en recuperar al eje. No se trata de negar el deseo, ni de actuar indiferencia. Se trata de poder preguntarse: “¿quiero conectar o quiero calmar mi ansiedad?”, “¿esta relación me expande o me achica?”, “¿estoy eligiendo o estoy intentando que me elijan?”.

La reciprocidad no se mendiga. Se observa. Y cuando no hay claridad, cuidado o presencia suficiente, también es necesario revisar qué parte de uno sigue esperando ser elegida aun a costa de su dignidad.

Tu valor no baja porque alguien no sepa elegirte. A veces, simplemente, ahí no hay encuentro suficiente.


Oscar Gananopulo.
Consultor Psicológico.