En los vínculos afectivos es frecuente que una persona comience a medir su valor personal a partir de la respuesta del otro.
Un mensaje, un silencio, una duda o una ausencia pueden activar una pregunta dolorosa: “¿no soy suficiente?”.
Sin embargo, que alguien no pueda elegirnos no significa que no valgamos. Puede hablar de su disponibilidad, de su momento personal, de su historia, de sus miedos o simplemente de la falta de encuentro. Pero cuando hay una herida de valor personal en mí, la conducta del otro se transforma en una sentencia sobre mí mismo.
Ahí aparece una forma de dependencia emocional: si el otro responde, respiro; Si no responde, me caigo. La autoestima queda puesta afuera. El vínculo deja ser un encuentro y se convierte en una prueba permanente de valor.
El origen de esta conducta es aprendida totalmente en temprana edad, por eso es conveniente no vernos a nosotros mismos descalificadamente. Pequeños traumas nos van armando en la vida, sobre todo los traumas de apego. Esta conducta tan dependiente es, entre otras causas, derivada de apegos no resueltos satisfactoriamente cuando comenzamos a ser mas autónomos. Y así como la aprendimos, así también hoy disponemos de diferentes recursos para comenzar a disolver esta postura ante las relaciones
El trabajo interno consiste en recuperar al eje. No se trata de negar el deseo, ni de actuar indiferencia. Se trata de poder preguntarse: “¿quiero conectar o quiero calmar mi ansiedad?”, “¿esta relación me expande o me achica?”, “¿estoy eligiendo o estoy intentando que me elijan?”.
La reciprocidad no se mendiga. Se observa. Y cuando no hay claridad, cuidado o presencia suficiente, también es necesario revisar qué parte de uno sigue esperando ser elegida aun a costa de su dignidad.
Tu valor no baja porque alguien no sepa elegirte. A veces, simplemente, ahí no hay encuentro suficiente.
Oscar Gananopulo.
Consultor Psicológico.

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