Hubo una época en la que me costaba mucho elegirme sin sentir culpa.
No era una culpa escandalosa.
Era más silenciosa.
Aparecía cuando decía que no.
Cuando no respondía enseguida.
Cuando no estaba disponible.
Cuando elegía algo que otro no esperaba de mí.
Cuando al menos un poquito, era Yo mismo.
Y durante mucho tiempo pensé que esa culpa era una prueba de que yo estaba haciendo algo mal.
Hoy la escucho distinto.
A veces la culpa no viene a mostrarte que estás fallando.
A veces viene a mostrarte que estás saliendo de un lugar aprendido, acostumbrado, un lugar viejo que ya no te es tuyo.
Un lugar donde para ser querido había que adaptarse.
Ser bueno.
No molestar.
No pedir demasiado.
No incomodar.
No decepcionar.
Uno aprende esas cosas sin darse cuenta.
En la familia.
En la infancia.
En vínculos donde el amor parecía depender de cumplir cierto papel.
Y después, de adulto, cada vez que intenta salirse de ese papel, aparece la culpa. Y eso frena, y vuelvo a morderme a mi mismo en un círculo sin fin.
Como una alarma.
Como si elegirnos fuera peligroso.
Pero quizás no es peligro.
Yo creo que es novedad. Y lo nuevo, asusta, crea ansiedad.
Quizás esa culpa es la señal de que una parte de uno mismo todavía cree que para pertenecer tiene que abandonarse.
Hoy no quiero pelearme con esa culpa.
Quiero escucharla.
Pregúntale de dónde viene.
Qué miedo trae.
Qué lealtad está cuidando.
Qué historia está repitiendo.
Porque elegirme no significa dejar de amar.
Significa dejar de desaparecer para merecer amor.
Oscar Gananopulo.
Consultor Psicológico.
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